La búsqueda incansable de un método

Seas artista en formación, artista en actividad, director, maestro, actor, cantante, interprete, compositor, escritor, etc… te vas a encontrar en la situación de enfrentarte por primera vez a un material con el fin de hacerlo obra. Situémonos en este punto, tomando cualquier ejemplo propio que se venga a tu cabeza (de ayer, de hace tiempo, cualquiera). Este es el punto de partida, la primera impresión, quizá sientas el primer miedito o quizá un entusiasmo potente. Luego uno se pone a trabajar. El miedo o el entusiasmo iniciales, desaparecen. Pero fruto de los enredos, las vueltas, las pruebas y errores, surgen muchas otras sensaciones. Nunca hay una única sensación. Veamos este relato sobre un intérprete de teatro musical, quizá un poco arrebatado, pero solo será una ilustración: “Estoy contento porque quedé en esta obra. Comienzo a leer el material y siento una alegría enorme al memorizar la letra de una canción y una escena. Pienso: “es un gran comienzo”. Voy  al primer ensayo con un impulso creativo enorme. Tengo una gran expectativa, pero nada fluye como esperaba. Me sobreviene una frustración enorme, la sensación de que nada alcanza. Pero esto no me paraliza. Mi frustración se convierte en deseo de superación personal y vislumbro una solución: ensayar más.  Salgo del ensayo y tengo la sensación hermosa de haber encontrado la certeza de que “tengo que esforzarme más”. Así lo hago. Esta semana practico todos los días. Estar más horas en actividad me da placer y empiezo a ver resultados, mi voz está más clara y potente, mi memoria y mi mente más conectada, mi cuerpo más disponible. Voy al siguiente ensayo esta vez, más fuerte porque me caí, pero me levanté, superé el obstáculo y maduré, porque ahora entendí lo necesario del ensayo y la práctica personal. Soy prácticamente un monje budista del arte. Fue un gran ensayo, tal vez el mejor que haya tenido hasta ahora. Llego a casa a la noche y descanso como nunca, con la sensación única del deber cumplido y de saber que en el ensayo “la rompí”. Entonces hoy me puedo relajar. Me levanto al otro día, es sábado. Me viene la idea de salir a caminar. Hago una caminata inspiradora, y como un turista por las calles, entro a un museo. Puedo respirar el mismo olor a oleo con el que otros artistas, como yo, realizaron sus obras. Me siento conectado con ellos, porque al igual que yo, perseveraron y triunfaron. Allí están sus obras y la mía… conectadas en un único espacio-tiempo hierofánico. Pienso en el ensayo de ayer y me siento pleno. Entro a una librería y encuentro un libro con el que conecto. Pienso que ahora que alcancé lo que quería (quedé en la audición y encima la estoy rompiendo) puedo leer un libro. Toda la semana alterno entre repasar los textos y las letras de las canciones para no olvidarlas y este nuevo libro. Me conecto con el autor, que es un artista, como yo. Llego al próximo ensayo y siento que otros vinieron con la misma energía que yo había tenido el ensayo pasado y eso me gusta, siento que quizá yo los motivé con mi experiencia. Mis compañeros “la rompen”, pero yo siento que no pude estar al mismo nivel que el ensayo anterior. Salgo un poco preocupado y pienso: “tal vez no debería haber ido al museo”.

 Acá termina el ejemplo y comienza la vida real. Me pregunto: “¿No hay un método de trabajo que me ahorre este sufrimiento generado por el vaivén continuo entre aciertos esporádicos y errores?”. Los docentes damos métodos, “tips”, consejos, contamos nuestras experiencias. Los alumnos reciben y buscan métodos, “tips”, consejos, explicaciones. Hay métodos, sobre cómo escribir, cómo componer, cómo actuar, cómo bailar. Hay escuelas, filosofías, tratados y discusiones eternas, tantas como experiencias personales haya (sistematizadas o no, escritas o no). Hay clases, talleres, seminarios, carreras, workshops, clases magistrales, intercambios, etc. Fui a todas esas cosas, y yo, cada vez más confundido.

Pregunta: ¿Entonces no hay que seguir un método?  

Lo primero que siempre propongo, es confiar en el método que propone un maestro (es decir, su método, esté escrito y sistematizado o no). Lo segundo que propongo, es romperlo (indagar, profundizar, probar, desarmar, analizar) hasta entender su esencia. Entonces, cuando entendí su base (lo que me quiere decir más allá de lo que se dice) eso, es lo que me llevaré para la construcción de mi propio método. Si nada queda al final de este proceso, al menos entenderé por donde no quiero ir.

Quiero que quede claro que estoy a favor del entrenamiento, la formación, el conocimiento y la cultura como parte del desarrollo de nuestro propio artista, de nuestra propia expresión. Pero que quede clarísimo también que estoy en contra de fanatizarse y querer alcanzar las formas expresivas de otros, o creer que hay una única manera de hacer las cosas, porque básicamente, no es así y ser otro es imposible. Prueben bailar como Barýshnikov, actuar como Maggie Smith, o improvisar como Oscar Peterson: sin duda sería un gran entrenamiento, pero no serían más que una réplica si no entiendo que tengo que aceptar y reconocer mi propia manera de expresarme. Siempre debo dar mi opinión sobre lo que estoy haciendo. Debo intentar lo que un director o un maestro propone hasta la frustración (siempre que no atenta contra mi integridad física o emocional), pero también debo entender que siempre, todo lo que haga, estará (y debe estar) teñido por mi propio color.

 

Con todo esto quiero decir, que cada artista debe ir en busca de su propio “método”, debe ser su propio maestro, encontrar su propia forma de abordar los materiales creativamente. También entender que todo método es una manera de ordenar, pero que si se confunde “orden” con “rigidez”, no hay lugar para el arte o, al menos, no para un arte vivo. Porque lo vivo cambia y se modifica constantemente. Cada artista debe entender que solo con trabajo, esfuerzo, paciencia, humildad y flexibilidad, logrará vencer sus obstáculos, sus miedos y descubrir su propia expresión y solo así podrá convertir su arte en obra.